Un día cualquier (esclavo de séquito, serbondage)

On 4 julio, 2010

Avalon, residenz Avalon, enjaulado

Hoy puede ser un día cualquiera. ¿O no?. Levanta la vista y ahí se ve, reflejada en el espejo que la acompaña durante estos últimos meses, la mordaza de castigo apenas tapada por el mechón rubio de una melena que ya no recuerda no haber tenido. Se mira y reconoce su rostro mientras comprueba que hoy el ajustado vestido negro la favorece mostrando su figura mientras permanece tumbada de costado, las manos fuertemente atadas a la espalda resaltando así sus pechos. Sigue esperando como cualquier mañana y recuerda entretanto el día; aquel día. Cansado de su jornada; la vuelta a casa, de pié ante el ascensor del garaje donde guarda su vehículo que lo llevará de vuelta a casa.

Abstraido en sus pensamientos, cede el paso al hombre que penetra con él en la cabina y pulsa el botón al tiempo que apenas esgrime una sonrisa de cortesía. Unos segundos y las puertas se abren al garaje, mostrando ante su sorpresa aquella furgoneta con las puertas abiertas de par en par y una pistola en las manos de su acompañante. Apenas un momento después ya está dentro sin saber cómo ha ocurrido y es obligado a tumbarse en el mugriento suelo del vehículo. Un ruido de motor, un portazo seco y una sola amenaza bastan para que abra la boca y en su interior se introduzca un trapo que pugna por salir cuando su boca, su cabeza, es rodeada con cinta adhesiva. Dos pares de ojos le indican que debe obedecer y aunque internamente se resiste, la bofetada que recibe le recuerda que no tiene el control de lo que ocurre. Y lo confirma cuando le obligan a desnudarse mientras el vehículo continúa su ruta. Sus ropas amontonadas en una esquina y él ya atado de pies y manos, sintiendo el frío del miedo mezclado con el de la noche que ya cae tras dos horas de viaje.

Hoy ha sido maquillada con esmero a primera hora y ha comido bien sobre su escudilla. Ya no se escuchan conversaciones y se mantiene a la espectativa. Tantos días iguales y siempre distintos, pero con la esperanza de que por fin le alcance el momento para el que ha venido preparándose. Las cuerdas le aprietan más de lo normal y le gustan especialmente las braguitas que le han hecho vestir, con más encajes de los habituales, a juego con el sujetador que la hace parecer más seductora aún de lo que ya se siente tras aquella mirada que le devuelve el espejo.

Por fin para la camioneta y escucha un ruido sordo de puerta cerrándose, mientras dos brazos fornidos le obligan a enderezarse. Sus piernas ahora desatadas le empujan hacia una pequeña puerta que un nuevo personaje abre, y tras ésta otra, y unas escaleras que desciende con paso inseguro, temeroso de caer, atenazado por un profundo terror que lo invade y que aumenta cuando le introducen en una estancia a media luz, ante una puerta enrejada y es obligado a introducirse en un minúsculo habitáculo. Tu nuevo hogar, alcanza a oir, mientras manos experimentadas unen sus piés con sus manos inmovilizadas. Tu nueva vida, escucha, mientras palabras duras le taladran el cerebro con anuncios de esclavitud, obediencia, servidumbre, adiestramiento y sumisión. Palabras cuyo significado no entiende hasta que es despojado de su cinta y liberado del trapo que amenezaba con axfisiarle y casi sin respiro su boca se deja perforar por una nueva mordaza con la que siente una presencia que le penetra la garganta mientras va comprendiendo que ya nada va a ser igual al ver la sonrisa con la que le anuncian el comienzo de todos sus nuevos días, de las normas que deberá cumplir y de la amenaza de muerte que recae sobre él si no interioriza su situación. Se le avisa de la futura presencia de quien dominará su existencia que comienza entonces.

Por fin escucha los pasos en la escalera y procura ajustarse con un ligero movimiento el ceñido vestido al tiempo que repasa mecánicamente si lleva bien ajustadas las medias, sin arrugas. La falda en su sitio, apenas ocultando su ropa interior. Cada movimiento consigue que las cuerdas que la inmovilizan le recuerden que no tiene por qué ser un día distinto de los demás y sin embargo hoy se siente excitada. Más que nunca. Y en tanto lo piensa, ya nota la presencia de las botas del ama al otro lado de la reja y siente que sus músculos se alteran ante la respiración cercana.

No son ni dos ni tres, sino al menos diez horas las que permanece colgado, las manos atadas en alto, completamente depilado, amordazado de manera que apenas un gemido puede escapar, cuando aquella mujer aparece abriendo suavemente la puerta de la estancia. Mirada escrutadora y nervios que afloran en un último intento de su instinto por explicarse qué hace él allí, sin conseguir nada más que un profundo dolor en su interior por aquello que le han introducido y que siente que le perfora las entrañas sin poder ser expulsado. Sonrisa de aprobación y bofetada y de golpe cae en la cuenta de que ya no va a ser él quien decida sobre su vida. De repente es consciente de que nada le pertenece, ni siquiera los días que quedan por venir y escucha una voz que con autoridad afirma que el ejemplar le sirve y que comienzan a trabajar en él, mientras es obligado a mirar hacia el suelo como recordatorio de su nueva condición.

Escucha el chirrido de la puerta mientras se abre y puede así arrastrarse hacia el exterior de la celda. Que no se arrugue el vestido, piensa. Y consigue levantarse, como ha sido enseñada. Liberada de sus ataduras en los pies, es ahora observada por el ama que acaricia sus pechos, ajusta el bozal y comprueba que todo esté en orden. Se escucha al otro lado de la puerta un murmullo espectante y cuando ésta se abre y se adentra en la sala principal observa al hombre que desnudo la admira. Hay un intercambio y el maletín se abre para mostrarle al ama los fajos de billetes que constituyen el precio y cuando éste se cierra sólo queda por ver la sonrisa de satisfacción de quien ha dispuesto de ella todo este tiempo y mientras vé acercarse al hombre con su falo erecto, ya no recuerda ni el ascensor ni la furgoneta ni aquel primer encierro y solo sabe que tendrá que estar a la altura de lo que se espera de ella, puesto que para esto ha sido preparada. No quiere defraudar. Definitivamente hoy no es un día cualquiera. Agacha la cabeza, se arrodilla y mientras es despojada de su mordaza, su boca se libera preparada para recibir a su nuevo amo.

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