Tu primera vez

On 3 junio, 2010

Hoy es tu primera sesión conmigo.

Has llamado infinidad de veces. Lo sé, te recuerdo,  y te había rechazado siempre.

Tu tono había sido altivo, orgulloso, arrogante… Te había ignorado y despreciado sin miramientos.

Pero has insistido y tu jactancia ha ido desapareciendo con el tiempo.

En tu última llamada me has suplicado…Esta vez tu tono era dócil, manso… Por fin estabas preparado.

Te he aceptado

Imagino tus miedos y dudas,  días antes de nuestro encuentro.  ¿Cómo será? ¿Resistiré el dolor? En una palabra, ansiedad.

Tú no lo sabes, pero la primera vez sólo deseo romper tus convicciones. Destrozar tus arquetipos. Hacer que te sientas perdido. Hacer que, sin seguridad en ti, vengas a mí a buscar protección.

Seré a la vez quien te castiga y quien te puede ayudar, quien te empuja  siempre más bajo para ayudarte a salir antes de sucumbir.

Ya estás aquí.

Cruzas la puerta. Miras a tu alrededor. No imaginabas encontrar un lugar tan amplio y cálido.

Te saludo e invito a continuar. Un observador externo sólo vería una simple reunión entre dos conocidos.

Te entrego un cuestionario, que debes rellenar antes de la sesión. Se trata de preguntas íntimas, muy intimas.

Te observo, escruto en cada uno de tus gestos e  imagino el súbito aumento de tus pulsaciones.

Detecto un  bien disimulado y casi imperceptible temblor en tus dedos, te sudan las manos,  antes de poner cada cruz en las casillas.

Ahora o nunca. Es el momento de poner en claro tus más intimas y oscuras fantasías. Es tu oportunidad. Nadie te juzgara.

Comento y valoro tus respuestas. Te asombras al escuchar de mi  boca  tus perversiones. Te sorprende que alguien pueda interpretarlas y exponerlas con voz neutra y  objetividad.

-¿Preparado?

Tu respuesta: Solo un ligero ademan con tu cabeza. Lo  interpreto como un si.

Me levanto de la silla y después de un pequeño gesto,  aparecen unas escaleras donde antes había un mueble de oficina…

Un ingreso oscuro.

Desciendes los peldaños metálicos. El ruido de nuestros pasos retumba. La temperatura es diferente. Percibes una mezcla de aromas nuevos.  El  olor a piel y el látex, se mezclan entre si y con mi perfume y el antiséptico, dejando la característica e inconfundible  fragancia de Wanda.

Te enseño el que será tu vestuario el lugar de donde saldrás desnudo,  Sin un ápice  de orgullo.

-¡Una vez te hallas duchado, me esperas en el lugar que te he indicado, de rodillas¡

Los minutos se te hacen eternos.

Cuando oyes mis tacones golpear las escaleras,  ya es demasiado tarde.

Sentimientos mezclados: miedo, excitación.

-¡Levántate!

Te recuerdo mis normas, ya no eres más que un esclavo, estás ahí para complacerme, para servirme, para obedecer.

Lo habías visto en fotografía. Habías ampliado cada foto, para ver con detalle, intentando acercarte de esa forma a mi mundo…  Pero esta  vez es  real.

– ¡De rodillas, esclavo, a mis pies!

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