Reclusiòn en Roissy: La transformación de un masoquista

Roissy, Lady Carla

Pocos tuvieron la suerte de conocer personalmente el extraordinario club Roissy.

Pocos se atrevieron a adentrarse en ese universo que convertía en real todas las fantasías sadomasoquistas. Un lugar que hizo que el BDSM en España tuviese un reconocimiento en el resto del mundo.

Roissy nada tenía que envidiar a un lugar como Avalon en Berlin, en mi opinión, uno de los mejores sitios que existe en estos momentos preparado para el BDSM de Europa.

Sólo quien se adentro en ese universo puede considerar que ha vivido una experiencia autentica de Dominación-sumisión y yo he tenido la fortuna de vivir esa experiencia.

Mi paso por Roissy (3 años) estuvo marcado por una amistad incondicional con Lady Carla, quien fue y sigue siendo una gran amiga. A su lado  perfeccione mis perversiones y técnicas de Dominación, vi pasar cientos de sumisos, masoquistas, fetichistas… y muchas dominas y aspirantes a serlo.

Una de mis tareas en Roissy era encargarme del adiestramiento y vigilancia, de esclavos durante los internados de 24 horas. Sobre uno de esos internados,  trata mi siguiente relato.

Lady Carla y yo nos citábamos cada día  en un bar cercano al parque Güel, a dos calles de Roissy. Allí planeábamos el día y comentábamos el  anterior.

Ya nos conocían, éramos clientas habituales,  nunca habíamos hablado de nuestro particular oficio con empleados o clientes,  sin embargo muchas cosas nos hacían distintas al público habitual de este bar, que, además, por encontrarse ubicado delante de un hospital, marcaba aun más nuestras ya sugestivas y llamativas diferencias.

Ellos, en su mayoría, conservaban puestas sus distintivas batas  blancas y azules.  Nosotras vestidas siempre  de negro, con rigurosos y elegantes trajes, pantalones, faldas, tops, chaquetas y abrigos de piel, medias de seda y altos tacones, todo ello acompañado de una actitud segura y decidida, aunque sin que por ello dejáramos de ser educadas y amables, cosa que  seguramente desconcertaba y aumentaba nuestro atractivo a ojos de los demás.

Nadie podía imaginar lo que se tejía en aquella mesa, que además era siempre  la misma. Ubicada en la entrada, junto a una ventana, que, aunque estaba preparada para 5 comensales parecía estar reservada para nosotras. La mayoría de veces estábamos solo  Lady Carla y yo, salvo algún día en que uno o dos afortunados esclavos nos acompañaban, o alguna otra Domina.

-Buenos días- nos sentábamos y sin decir nada más ocupábamos nuestras sillas. Al cabo de pocos minutos un par de cafés con leche llegaban a nuestra mesa.

– ¿Qué tal, las cosas por aquí?, hoy no vendremos a comer…

Comentarios escuetos y cotidianos  para no obtener respuestas interminables que interrumpiesen nuestro ritmo.

Aquel día…

– Hoy viene a internamiento uno que ha estado en OWK, seguramente se trata de un autentico masoquista.

En esos momentos el referente, la meca del BDSM, era OWK. Lady Carla ostentaba uno de los primeros títulos de Sublime Lady de ese lugar y sabía de sobra,  que quien había pasado un tiempo ahí, era un autentico aficionado, un convencido de la Dominación Femenina  y con certeza  un desafío para cualquier Domina.

Yo la escuche con atención a mi amiga y mi mentora,  intentaba decirme algo, que yo no conseguía entender, o sencillamente, una parte de mi cerebro  estaba  procesando la información que ella me daba, buscando una buena manera de someter al nuevo visitante, estaba decidiendo  lo que esperaba conseguir de él   y finalmente concluí, que, simplemente, iba a hacer con él lo que hacía siempre con un sumiso, respetando ciertos límites reales (no los que él mencionase, sino los que yo percibiese). Iba a  sacar su verdadera naturaleza, no estaba dispuesta  a prestar un servicio para que se fuese contento, yo no faltaría jamás a mis principios. Iba a marcar su vida para siempre, no se olvidaría jamás de Roissy  y dejaría de ser un sumiso mas, para convertirse en nuestro esclavo.

Pero ésta no era la única sesión de este día. Cada una de nosotros tenía un par más de esclavos de los que ocuparse. Por lo que nuestro interés se desvió hacia otros temas. Debíamos coordinar aquello que podíamos controlar. Hay cosas que, simplemente, no se pueden proyectar. Cada sesión es única e irrepetible, cada esclavo, cada relación,cada día, cada momento, viene marcado por una serie de circunstancias que varían influidas por una serie  aspectos  como el estado de ánimo, el deseo, la necesidad, la salud, la enfermedad…

Nos despedimos tras tomar el último sorbo de café, ya frio.

Las instalaciones de Roissy ocupaban  el sótano de un clásico edificio, unos  350 metros cuadrados de superficie, con alturas de 6 metros. La poca luz natural llegaba al edificio a través de tres patios interiores. El acceso de los esclavos se hacía directamente desde la calle, bajando una alta escalera, cruzando un patio interior perteneciente al mismo local. Nuestro acceso a se hacía por un lugar distinto al de los esclavos,  entrabamos por  el portal del edificio, bajando por las escaleras internas y llegando directamente a las instalaciones.

A la hora indicada suena el timbre del portero automático al que responde Lady Carla con una pregunta simple

–¿Quién eres?,

La respuesta  de una voz clara, tono fuerte y grave, aparentemente tranquilo,

–Soy martin.

Las puertas de Royssi, eran el primer contacto que el sumiso tenía con su nueva realidad. Exageradamente altas, la imaginación se apoderaba del cerebro y del cuerpo del sumiso que hasta ahí  había llegado, pues por muy alto que fuese, la altura de las puertas le hacía realmente pequeño.

Seguramente, muchos habrán imaginado, al encontrarse delante de ellas, que las amas  que en ese lugar habitaban eran seres enormes.  ¿De qué otra manera se podría explicar el tamaño de esas puertas?

Martín cruzó el umbral, saludo de forma cordial y respetuosa a Lady Carla. Yo le observaba desde la barra del bar de Roissy.  Se trataba de un hombre de 44 años, complexión fuerte, voz tranquilizante, frases y respuestas cortas.

Lady Carla le condujo al bar, donde me saludo, acercando, de forma inocente, su mejilla, pero y aunque con una cordial sonrisa, mi brazo estirado le devolvió rápidamente a su sitio.

– Debes rellenar este cuestionario-  le dije, a la vez que  le indicaba un par de folios sobre la barra y un bolígrafo. Mientras respondía las exhaustivas preguntas, yo iba haciendo las mías, por las que el sumiso mostraba gran interés. Él respondía a mis interrogantes, levantando la mirada. Cuando se alargaba en la respuesta, yo formulaba la siguiente pregunta o le indicaba con un gesto que debía continuar con el cuestionario.

Pude comprobar que se trataba de un hombre sencillo y respetuoso en el  trato, inteligente, culto y con las cosas claras al respecto de su tendencia masoquista. Ya me había hecho una idea, también de los límites reales que tenia. Imagino que los que había puesto por escrito se encontraban influenciados por sus anteriores experiencias y de forma inteligente intentaba conducir la sesión hacia su terreno. Pero él  no podía imaginar que mis preguntas no habían sido cuestión de mera curiosidad. Muy pronto lo entendería.

Al  terminar con las respuestas del  cuestionario le lleve hasta el baño de esclavos, le indique donde dejar su maleta y la ropa, una vez se hubiese duchado. También le dije que debía permanecer dentro de la ducha , desnudo y de rodillas hasta que alguien viniese a buscarle.

EL suelo en Roissy  era una mezcla de obra y barro, que hacía que nuestros pasos en los altos tacones sobre él,  fuese una autentica proeza, a la quelas Amas  ya nos habíamos acostumbrado, no igual los esclavos  que debía limpiar los restos de barro de nuestros tacones. La humedad se impregnaba en todo, incluso en nuestra piel y cabello, dejando un olor muy característico.

Gracias al gran tamaño del local, y a la altura de los techos cualquier ruido retumbaba, creando una acústica dramática. Todo ello unido a la oscuridad reinante, a los muebles medievales, a los aparatos de tortura, a la escasa iluminación que se conseguía solo con velas, el ambiente era realmente propicio para la reclusión, la sumisión y la tortura física y psicológica de los esclavos. Todo era perfecto. Era imposible no sumergirse en un mundo nuevo. Todo ese ambiente conseguía por sí sólo, que olvidases que, por encima de esos  techos,  existía un mundo distinto.

Una vez dentro, ya no existía nada diferente a un universo de Amas y esclavos.

Esclavos desnudos, sirviendo, entregados a la voluntad de exuberantes y crueles amas que deambulaban tranquilamente, torturando, sometiendo, humillando…  a todas las criaturas que se encontraban a su paso. Ese Iba  a ser el panorama de martin durante las siguientes 24 horas y su única realidad. Ya no tenía escapatoria. Se había embarcado en un viaje para el que no tenía billete de regreso.

Segunda parte

El mayor atractivo de Roissy, como local de BDSM, era la autenticidad. Ese local no podía estar creado para algo distinto que la tortura de esclavos.

Salas enormes, muros de piedra que, si te acercabas, podías ver las gotas de agua que no es que fuesen producto  de la condensación, sino de  la propia naturaleza buscando su cauce; pues detrás de los muros que rodeaban Roissy  no había nada distinto a piedras y barro.

Aparatos de tortura diseñados por los mejores fabricantes, muebles medievales que servían para el descanso de las Dominas. Todo un ambiente de represión y dominación.

Una de las salas, la más cercana a la ducha de los esclavos, y desde la única que ellos podían acceder, estaba acondicionada con un rack de estiramiento con una jaula inferior, una rueda para inmovilización y rotación, una silla de bondage  y una minúscula celda incrustada en una de las  paredes.

En la siguiente sala, dividida por una robusta pared, se encontraba un magnífico equipo de suspensión. Si continuábamos   adelante, al fondo había una habitación, la única con puerta, dentro de la estancia para esclavos.  En ella se encontraba  la cama de bondage, una silla para las Amas, un armario y un aparador, sobre el que reposaba un candelabro que soportaba gran cantidad de restos de cera y en el que siempre había una vela negra, que, con toda seguridad, inquietaba a los esclavos  inmovilizados en la cama.

Desde la sala en que  se encontraba el equipo de suspensión,  bajando un par de escalones, accedíamos a dos recintos más. En el primero de ellos,  contra la pared  izquierda se encontraba la cruz de San Andrés  y, delante de ella, una minúscula celda, que se hallaba  debajo de las escaleras del edificio.

En la siguiente habitación, se encontraba el potro de tortura.

Esta última estancia para la tortura, tenía una puerta que conducía a nuestros dormitorios.

Desde los dormitorios se podía acceder tanto a la estancia de esclavos, como a la zona concebida para el descanso de las amas. Una  amplia sala acondicionada con cómodos sofás, mesas y sillas antiguas, decorada con pinturas y fotografías  alusivas a la Dominación Femenina y largas cortinas negras. Junto a este lugar, el bar, sitio en el que se recibía a los esclavos…

Empujé para abrir la puerta del baño, el esclavo se encontraba en la postura correcta, su cara reflejaba el cansancio por la espera. Su polla, en ese instante completamente relajado, reaccionó al ritmo de mis palabras:

– Saluda a tu guardiana. Desde este momento sólo quiero escucharte decir “Si ama”, “Gracias Ama”. Besa mis botas. Esa será la forma de saludarme a partir de ahora.

Martín besó mis botas y, le ordene  que se apartase,  para ponerle su collar y un cinturón de castidad de piel, que llevaría durante su reclusión.

El cinturón de castidad contenía unos pinchos interiores que se iban a clavar en la polla del esclavo cuando alcanzara la excitación (un efectivo método para mantener la atención del esclavo en donde  la necesitáramos). Pero en ese momento ya  no fue posible poner el cinturón  de castidad al esclavo pues se encontraba tan excitado que su miembro se encontraba completamente  erecto.  Busqué la solución más inmediata, le ordene entrar de nuevo en la bañera. Esta vez debía ponerse de rodillas, abrí el grifo y yo misma gradúe la temperatura al mínimo, apunte con la ducha directamente al miembro del esclavo y dejé que se llenara la bañera. Tardé unos minutos, pero finalmente conseguí hacer que el miembro del esclavo quedase reducido a la mínima expresión.  Hasta ese momento martin  desconocía lo que era una ducha fría y sus efectos en el cuerpo.

– ¿Lo entiendes esclavo? Tengo métodos para conseguir todo lo que espero conseguir de ti. Será mejor que te vayas acostumbrando.

Ya con su excitación perdida,  le puse el cinturón de castidad y le indique que subiera tres escalones a cuatro patas.

En la sala contigua a la ducha de los esclavos se encontraba Lady Carla atormentando a uno de sus esclavos personales.  En medio de la sala con martin de rodillas, me acerqué a su cara y le hable muy bajo pero muy claro y tan cerca que mi aliento casi podía empañar su cara

-Escucha atentamente, no pienso repetir nada de lo que voy a decirte. Todas mis órdenes han de ser cumplidas sin vacilación. Una vez que te dé una instrucción ésta debe convertirse  inmediatamente en una orden para que actúes en situaciones similares. Mientras te permita ver, usaras tus ojos para aprender mis gestos  ya  que ellos no siempre irán acompañados de palabras. Estás aquí para servirnos y no para tu placer. Sin embargo, si me sirves bien y te olvidas de tu gozo, veras como  encontraras el máximo placer, uno que jamás has sentido, pero antes vas a sufrir y mucho. Puedes olvidar todo lo que has sido hasta la fecha, ya no tienes un nombre, desde ahora eres solo un numero, el 91. Ya no tienes intimidad, estarás siempre desnudo, expuesto y dispuesto.

No hacia falta ver su polla para saber que estaba excitado, su respiración agitada, cerraba y abría los ojos, a la vez que balanceaba levemente su cuerpo y curvaba su espalda hacia abajo. Cerraba su boca y apretaba con fuerza los labios, estos gestos le delataban, podía imaginar el dolor  que estaba sintiendo, pues los pinchos debían estar clavándose en su miembro.

Un pequeño grito que se escapó del esclavo que se encontraba atado en el rack de estiramiento, con Lady Carla sentada cómodamente en su cara, distrajo la atención de 91, que  reacciono buscando por encima de mi hombro el origen y la causa del grito.

-Veo que no has entendido nada de lo que te he dicho. Pon tus manos detrás de ti.

El esclavo comprobó que no estaba bromeando pues mis bofetadas le devolvieron la atención al lugar donde debía.

-Por cierto, una cosa más que debes aprender, desde este momento no tienes sexo, serás mi puta y, muy pronto,  voy a demostrarte como trato a mis putas.

Sé que estás acostumbrado a sentir placer sólo a través de tu polla. Sé que nunca han follado tu culo y sé también que tu boca jamás ha servido de instrumento de placer para otra polla. Pero todo  eso va a cambiar. Piensa en ello, porque muy pronto te voy a usar.

Le encerré en una minúscula y oscura celda, desde la cual podía observar  gran parte de la sala. Y el espectáculo era digno de ver. Pues L.C, continuaba torturando a su esclavo personal.

Me retire  con tranquilidad, segura  de que 91 no iba a poder  tocarse.

Cuando volví  a la sala lo hice acompañada del esclavo 16 que había llegado hace unos minutos.

Me acerque a la celda para comprobar el estado de 91. Este se hallaba de rodillas. Abrí la celda y le entregue una caja que contenía un dilo dilatador, lubricante y una nota con instrucciones precisas de cómo debía dilatarse y estar preparado pues iba a  ser sodomizado por otro esclavo y yo iba a estar sentada contemplando su cara.

-No quiero que te limites a introducir el dildo en tu agujero, lo que quiero que hagas es que folles tu culo con él, vas a introducirlo y sacarlo cuantas veces sean necesarias hasta que no te suponga ningún esfuerzo ese movimiento.

La idea de ser sodomizado por otro esclavo le resulto muy humillante, pero sabía que no debía enfadarme, que su obligación era obedecer, pues  ese  era mi deseo y estaba ahí para complacerme. Por otro lado, jamás había sido penetrado por ningún objeto y no estaba seguro de poder conseguir hacer todo  lo que le había ordenado.

Con seguridad se sintió extrañamente excitado, confuso. Alguien le había desnudado por dentro, había conseguido leer sus pensamientos más secretos y oscuros. Jamás iba a confesarlo, pero siempre había fantaseado con la idea de ser usado sin ningún pudor. Pero se trataba de una fantasía inconfesable y, por supuesto, impracticable. Para él siempre fue más fácil soportar duros castigos físicos y entregar su dolor. Nunca nadie había conseguido  penetrar tan profundo en su mundo de fantasías, hasta ese momento…

Ya había entrado en su cerebro y el ingenuo esclavo no entendía como lo había conseguido.

Los minutos transcurrían. 91 no conseguía ver todo cuanto ocurría en Roissy. Su campo de visión  era limitado. Sólo podía ver los castigos y humillaciones  a los que Lady Carla  estaba sometiendo a su  esclavo. Yo había decidido ocupar otra sala que se encontraba fuera de la vista de 91, sin embargo,  sí que podía escuchar con claridad mis órdenes, el zumbido del látigo y  los gritos ahogados del esclavo 16.

Volví a la sala donde se encontraba la celda que contenía al 91. Ate las muñecas del 16 a los barrotes de la celda de forma que su cara y la de  91 se encontraron una frente a la otra.  91 ya estaba preparado, había obedecido mis órdenes  y en ese momento había conseguido una importante dilatación de su agujero. Al principio debió ser doloroso, pero con seguridad muy pronto se acostumbraría  a la nueva situación.

Pero yo había decidido que aun no iba a usarlo,  que antes debía verse reflejado en otro esclavo. 91 aun debía suplicar ser mi puta. Ya lo tenía en el lugar en que lo quería tener, pero no se lo iba a poner fácil.  Pensaba humillarle mucho más. Iba a despojarlo del orgullo que le impedía expresar  el deseo que ya le había poseído pero que no se atrevía a confesar. Iba a suplicar ser mi puta y una vez en  ese  punto, ya humillado, aun tendría que ir más lejos, debía renunciar a su placer, sería mi puta solo por mi voluntad, para mi placer.

Ante la atenta mirada de 91, separe las piernas de 16, y,  sin más espera,  el esclavo de Lady Carla, bajo nuestra atenta mirada y siguiendo nuestras ordenes, clavo su enorme polla en el culo del 16, que cerró los ojos y se entrego a nuestra voluntad. El esclavo de Lady Carla, dio unos cuantos golpes de cadera y no tardo en explotar.

Libere a 16 y retiramos al otro esclavo de la sala pues  ya no lo íbamos a usar más.

Escuche al esclavo  91 decir en voz muy baja:

–  Quiero ser su puta Mistress Natalie.

Ya estaba preparado para el siguiente paso, aunque antes habría de castigarle por haber desobedecido una orden.

-Has olvidado que sólo quiero escuchar de tu voz dos frases. Has abierto la boca y sólo para incumplir mis órdenes. No me importa lo que deseas, vas a ver como  esta vez no lo olvidaras…

Tercera parte

Me acerque a su celda tanto que el esclavo 91 solo conseguía ver mis botas y éstas eran tan altas que cubrían parte de mis muslos.

Se encontraba moralmente deshecho, destrozado y, sin embargo, con una permanente y dolorosa erección.

“Por fin” debió de pensar al verme delante de su celda. Estaría convencido de que había llegado el momento de demostrar su valía. Quería enseñarme su aguante ante el dolor. Había soportado con dignidad fuertes castigos de las mas crueles amas, había estado en OWK, era un verdadero masoquista.

Le hice salir de la celda. Yo llevaba puesto un ajustado body de látex, mangas largas y cuello alto, de color negro, a juego con las botas.

– Que te ocurre esclavo?- pregunte mientras martín se retorcía con una mueca de dolor en la cara.

Se apresuro a responder, con una larga explicación, que no recuerdo en su totalidad, pero de la que logré entender que se encontraba muy excitado y los pinchos del cinturón de castidad se le estaban clavando.

– Mi pregunta no iba en ese sentido. Cómo te sientes o no, me tiene sin cuidado. Lo que quiero saber es porqué razón no me miras a la cara cuando estoy a tu lado. Tu comportamiento dista mucho de la buena educación.

Era media tarde, hora de la merienda. Mientras comía unos deliciosos bombones de chocolate, le ordene limpiar mis botas.

– Escucha con atención. Las vas a limpiar muy bien. Con tu lengua les vas a quitar el polvo y una vez que lo hayas hecho les pasaras el guante de tela, no quiero restos de tu asquerosa saliva en ellas.

Pude ver como se apodero de él una tremenda decepción, que no consiguió disimular. Tal vez ni lo intento. Su rostro reflejaba, con total claridad, la frustración. Esperaba ser torturado. Yo era consciente de sus deseos y sentí una gran satisfacción al verle decepcionado y humillado. Quise asegurarme de que él también viese el enorme placer que estaba sintiendo y que se reflejaba también en mí, así que le obligaba a dirigir su mirada a mi cara.

Sonreía a la vez que quitaba y ponía pinzas en sus pezones, cambiando la anterior por una cada vez más fuerte.

La tortura de pezones, que al principio le causaba gran dolor, dejó de ser efectiva y una simple sonrisa se había convertido en el más duro tormento, mas fuerte que cualquier castigo al que se había sometido. La imagen de mi cara de satisfacción aumentaba aun mas su humillación. No conseguía quitársela de la cabeza, se le había grabado en la mente, estaba minando su autoestima. Aunque bajase la cabeza y cerrase los ojos, la imagen seguía presente; su orgullo de hombre se encontraba gravemente herido y a pesar de ello, yo estaba segura de que empezaba a desear ver siempre esa imagen, que le degradaba y le excitaba al mismo tiempo… Estaba acostumbrado a cerrar los ojos mientras era torturado, a concentrarse en el placer que obtenía del dolor, nunca le importó o se preocupo por el placer de sus torturadoras…

Esta vez todo era distinto, su piel no había sufrido demasiado, mas bien no había sufrido, pero su voluntad había sido doblegada. Ahora libraba una tremenda lucha interior…

No me importaba cuánto dolor era capaz de soportar y mucho menos la satisfacción que ésto le podía proporcionar. Iba a entender que hay torturas mucho más sutiles, capaces de marcar su vida para siempre, heridas imperceptibles, que no se borran con el tiempo.

Cuando hubo acabado de limpiar mis botas y quitado los restos de su saliva, le hice limpiar la suela. Puse un par de bombones en el suelo, los aplaste delante de sus ojos. Mientras yo bebía agua, deje caer unas cuantas gotas que se escurrieron lentamente desde mi boca deslizándose suavemente por mi body, a la altura de mis pechos.

91 observo, sediento. La limpieza de mis botas le había dejado seco y ahora debía limpiar los restos de bombón, de las suelas. Esa gota a punto de caer, podía calmar su sed o quizás la estaba aumentando, creando una nueva necesidad.

– !Abre la boca!- escupí unos cuantos chorros de agua a cierta distancia, después de haber enjuagado mi boca para quitar restos de chocolate. El esclavo, que ya parecía más atento los atrapo de forma ágil.

Durante el resto de la tarde comió de la suela de mis zapatos y de todas las formas, cada cual más humillante, bebió directamente de mi boca.

Despojado de la libertad, sin intimidad, sin motivo de orgullo, era una masa compuesta de algún raro material, que yo debía moldear… Por primera vez se sentía un esclavo.

Le use como cenicero, como atril, mesa, alfombra, silla, mayordomo, doncella, limpiabotas.

Permití que me acompañase, muy de cerca, durante el adiestramiento de un par de esclavos, cual perro faldero, limitando su servicio al simple hecho de sujetar mis látigos y fustas o a traerme algo para beber.

Pudo comprobar que no me temblaba el pulso a la hora de infligir torturas y castigos. Se sentía excitado al verme usar el látigo, al escuchar su zumbido, y no dejaba de desear sustituir al sujeto que recibía los castigos.

Le observe y detecte cómo despreciaba la forma en que los otros torturados esclavos reflejaban la angustia por el dolor.

Las horas transcurrían y él era un simple siervo.

Estaba convencida de que, en más de una ocasión se habría sentido tentado a llamar mi atención desatendiendo alguna orden. Tal vez, semejante hazaña, le costaría un duro castigo. Pero al no estar seguro de mi reacción, habría optado por no tentar a su suerte, y ha hecho bien, pues yo jamás entraría en su juego…

Él seguramente, seguía soñando con todo tipo de castigos y torturas que le devolviesen el orgullo. Imaginaria el momento en que, para torturar su miembro, le quitase el arnés, dejando libres y visibles sus genitales.

Aunque soñaba con aquellas cosas que siempre le habían excitado, ahora sentía el máximo placer al ver el goce y la satisfacción que me producía su humillación. En pocas horas había cambiado, sólo le quedaba aceptar su nueva condición…

Lo había convertido, sin comprenderlo o estar de acuerdo en los métodos, en uno de mis más fieles esclavos.

En las horas siguientes y hasta su partida, me sirvió con abnegación y debo decir que también se llevo unas cuantas marcas en su cuerpo, aunque éstas, como siempre digo, no son las más importantes.

By Mistress Natalie Wanda 

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