Mi primer viaje a Frankfurt

On 14 Septiembre, 2010

Viajo siempre acompañada por uno, dos o tres esclavos. Que se ocupan de todas mis cosas, desde la organización del viaje, la elección del hotel, las reservas de restaurantes, mis baños, la preparación de mi ropa, etc.

Ellos procuran siempre estar atentos al más mínimo detalle. Conocen bien mi nivel de exigencia y saben de sobra que el mínimo error puede salirles muy caro.

Durante mi ultimo viaje, he ido acompañada por uno de mis esclavos personales, Un precioso ejemplar masculino.

Llegue a Frankfurt con pocas expectativas sobre la ciudad, sin embargo, gracias a una amiga, Mistress Tatjana Cruela (conocerla en persona era en realidad la motivación para realizar el viaje a la ciudad alemana), mi idea de la ciudad ha cambiado de forma radical.

Durante el vuelo, mi acompañante permaneció prácticamente inmóvil, con un libro en sus manos, que estoy segura no llego a leer y a la espera de mis indicaciones. De vez en cuando se inclinaba levemente y giraba su cabeza hacia mí, como intentando pedirme algo. Yo lo observaba y cuando hacía este gesto preguntaba si se encontraba  bien.
– ¿Deseas algo esclavo?

Yo sabia que su mueca era una suplica, pero no estaba dispuesto a implorar compasión… Su orgullo no se lo permitía…
Era cuestión de tiempo, su orgullo no iba a ser un problema.

Le había obligado a llevar desde la noche anterior el CB.
Durante nuestra espera antes de embarcar, le conduje al baño de caballeros, para comprobar que el candado de plástico, que yo misma había cerrado, se encontraba en su sitio.
Esa situación, que por lo visto no se esperaba, le produjo una erección inmediata, con el consiguiente dolor.
Me encanta ver esa lucha del miembro de mis esclavos contra el CB. Una lucha por no excitarse. Un deseo que les destroza, les enseña lo vulnerables que son y el poco control que tienen de su cuerpo.
Le deje solo unos minutos para que se recuperase,mientras yo esperaba tomando un café.

Mientras el avión despegaba, aproveche para quitarme el tanga de seda negra. No estoy segura de si otros han visto lo que hice, pero mi esclavo pudo ver con claridad la parte de mis pierna que no cubrían las medias y las finas tiras del liguero. Le entregue mi tanga.
– En cuanto se quite la señal del cinturón de seguridad, iras al baño y cambiaras tu slip por mi tanga, que pondrás por encima del cinturón de castidad. Al final del vuelo quiero comprobar cuanto liquido has perdido.

Tal y como le ordene, mi esclavo regresó del baño con el tanga puesto y una erección que resultaba evidente, a pesar del CB. Sin embargo, su cara no era la de un hombre excitado; el dolor era aun más evidente que su erección, tanto que la azafata notó que el esclavo no se encontraba bien y le preguntó por su estado.

Su respuesta me resulto divertida, son extrañas las excusas que se puede llegar a inventar un esclavo incluso bajo presión.  Y  es sorprendente  que la azafata le creyera…
– Algo que he comido me ha sentado mal, fue su respuesta

¡Cómo me hubiese gustado escucharle decir!:
– Llevo puesto un cinturón de castidad que me aprieta demasiado porque estoy muy excitado.
Seguramente ella no se lo habría creído, habría pensado que estaba tomándole el pelo.
Después de mentir a la azafata, mi esclavo intento concentrarse en la lectura. Yo ya estaba inmersa en “Macbeth”.

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